Flying Beagle
Himiko Kikuchi
Flying Beagle, publicado en 1986, es otro de la larga lista de discos veraniegos que se pueden disfrutar entre caminatas largas o durante una escucha atenta por sus encantadoras instrumentales. Se trata de una obra que consolidó a Himiko Kikuchi como una de las arreglistas, compositoras y tecladistas destacadas de su generación dentro del jazz fusion japonés.
Particularmente, en este trabajo Kikuchi deja un fuerte equilibro entre la sofisticación técnica del jazz y la accesibilidad melódica que caracterizaba a la música popular japonesa de los años ochenta. Puede decirse que su sonido es como un retrato de pasillos nocturnos, de cierta elegancia, que parecen desembocar en una gran ciudad costera entre cada tramo instrumental.
Aquella caminata noctámbula comienza con la energía contagiosa de “Look Your Back!”, incitada por el sonido de metales brillantes y algunas de las mejores figuras del característico piano de Kikuchi. Poco después, con vistas a horizontes llenos de agua, “A Seagull & Clouds” reduce cadencia para abrazar tonos ligeros, contemplativos e incluso románticos. Siempre hay un buen diálogo entre bajo, piano, sintetizadores y vientos suaves. La pieza homónima nos devuelve lentamente el pulso hacia el jazz fusion más vertiginoso y con destreza, entre teclados y guitarras atrevidas sin perder el carácter melódico que define buena parte del disco. En dualidad, “Fluffy” es más serena, acompañada de un refinado conjunto de instrumentos, con percusiones de influencia brasileña y un fraseo pianístico herdero de las grandes interpretaciones de los años treinta.
Regresando con las descargas de energía, nos encontramos ahora con “Sand Storm”; de múltiples protagonistas, tanto de metales puntuales como de las percusiones y bajos coordinados que dan espacio para los sobresalientes teclados de Kikuchi. Es una pieza efectiva e instantánea, que desarrolla su propósito instrumental hacia reminiscencias latinoamericanas. Sin embargo, no es hasta el siguiente tema “Baby Talk” cuando la notoriedad recae en el bajo, volcando todos los ingredientes para formar un disfrutable jazz-funk.
En las últimas dos pistas, “The Second Summer” y “Ducky Ducky” marcan un buen cierre. La primera es una delicada conversación entre guitarras mínimas y sintetizadores texturales. Ofrece uno de los callejones más tranquilos y nostálgicos, en contraparte “Ducky Ducky” es una detonación de vitalidad, con velocidad de aires lúdicos. Destaca, además, por anticipar algunas de las sonoridades que abundarían posteriormente los videojuegos de aquella época.
Dentro de los pocos puntos bajos que presenta el disco reside en su misma producción. Si bien es un ejemplo magistral de precisión, muchas veces el exceso de control en el estudio lo conduce hacia una estética demasiado elegante y un virtuosismo pulcro que deja poco espacio para una experimentación que habría encontrado un lugar más natural dentro del disco.
Aun con todo eso, el disco es sumamente disfrutable de principio a fin. Y si alguien busca perderse entre calles de urbes reflactantes, esta es una buena opción.
Isaac Páez
Soy músico e ilustrador, pero sobre todo escritor empedernido. Me desempeño como periodista musical y colaborador en proyectos independientes, labor que comparto desde hace más de seis años, mientras doy vida a otras páginas bajo distintos seudónimos.
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