La música no olvida; a sesenta años de Pet Sounds
El álbum que convirtió la música experimental y el pop en uno solo.
En la historia de la música existen vacas sagradas que pueden ser contadas con apenas los dedos de una mano. Una de ellas es Pet Sounds, de The Beach Boys. Un álbum que pertenece a una época en donde la revolución provino de un momento crítico, tanto cultural, social y musical. El territorio extraño donde se encuentra aquel álbum parece escapar de ese tiempo e implantarse en cualquier década del porvenir. Sesenta años después de su lanzamiento, se sigue afirmando que el álbum continúa sin tener un equivalente real. No existe otro disco que suene exactamente igual. Y quizá nunca lo habrá.
Gran parte de lo que hoy entendemos como "música contemporánea" proviene de una cantidad de constantes y variables, eso está claro. Pero inevitablemente, podemos llegar y rastrear el lugar de origen de casi cada una de ellas. Una de esas variables comienza cuando, a los veintitrés años, Brian Wilson escribió, arregló, produjo y dirigió una obra que alteró para siempre la idea de lo que un álbum de pop podía ser. Lo hizo parcialmente sordo de un oído y rodeado por músicos académicos de enorme nivel técnico. A su vez, se completó mientras comenzaban a manifestarse los problemas mentales que lo acompañarían durante el resto de su vida.
Las voces que se manifestaron en la mente de Brian expresaban conversaciones imaginarias, armonías completas y sonidos inexistentes que no podían replicarse con la tecnología de su época. Él podía "oír" música y visualizarla antes de que existiera en una partitura como tal. Su primer viaje de LSD influyó de manera decisiva en la creación de este álbum y en su secuela fantasma, SMiLE. Existen varias anécdotas sobre su comportamiento en aquellos años; una de ellas: Marilyn, su esposa en ese entonces, declaró que Brian "había visto a Dios" y lloró durante días enteros tras aquella experiencia. Al final, algo de esos rezagos de espiritualidad se impregnaron dentro de Pet Sounds y dio paso a una sensibilidad que pocos materiales grabados pueden ostentar.
Si nos enfocamos en el inusual sonido que Pet Sounds posee, nos daremos cuenta de que desafía cualquier intento definitivo de clasificación musical. Cuando apareció en 1966 fue promocionado como "el álbum pop más progresivo de la historia". Décadas después, específicamente en los noventa, surgió la etiqueta de "Pop Barroco" para intentar describirlo. Ninguna resulta completamente precisa. Su registro sonoro es una mezcla homogénea de jazz, música clásica, doo-wop, barbershop, himnos, psicodelia, suites sinfónicas, folk, avant-garde y exotica. La imponencia de su sonido transforma todas esas influencias en algo completamente distinto; se usaron campanas de bicicletas, theremines, bidones, latas de Coca-Cola, ladridos de perros, instrumentos árabes y clásicos que cohabitan dentro de una producción que parece fundir todos esos elementos en un solo y gigantesco instrumento inhalante y exhalante.

—Años después, en una entrevista de 1976, Brian profundizaría al describir la producción del álbum:
Bueno, en cuanto a Pet Sounds, que generalmente se considera una interpretación del estilo de grabación de Phil Spector, se utilizan instrumentos que combinan, por ejemplo, pianos con guitarras para formar un instrumento único. En otras palabras, si los combinas electrónicamente lo suficientemente bien, no tendrás una guitarra ni un piano. Tendrás un piano-guitarra, un nuevo instrumento.
La revolución del disco no fue únicamente instrumental; también lo fue en el ámbito conceptual. Brian entendió el estudio de grabación como una herramienta creativa capaz de modificar la emoción de una canción. Antes de Pet Sounds, la grabación funcionaba principalmente como un registro de interpretación, más que de experimentación. A día de hoy sabemos que la posición de un micrófono, la resonancia de una habitación o la textura de un instrumento pueden cambiar el resultado de un sonido y comenzar a formar parte esencial de la composición. El estudio, después de este lanzamiento, dejó de ser un espacio técnico y adquirió una dimensión artística.
Por eso y más razones, el álbum conserva una cualidad fuera del tiempo. Incluso, la magnitud de cómo están creadas las canciones... puedes escuchar solamente las versiones instrumentales o a capella y se revelará hasta qué punto las armonías disponen de una complejidad intelectual extraordinaria. Con lo anteriormente dicho, puede afirmarse que existe una sofisticación musical atípica para un disco pop en los años sesenta. Aun así, el álbum nunca pierde accesibilidad y cercanía emocional.
Parte importante de esa accesibilidad también provino de su coescritor, Tony Asher, especializado en jingles publicitarios. La intención consistió en mantener letras directas y melódicas que contrastaran con la dificultad instrumental y estructural de las composiciones. Esta decisión permitió que emociones complejas aparecieran dentro de letras "aparentemente" sencillas. Pero muy a pesar de su calidez e inocencia, Pet Sounds esconde un sufrimiento constante. "Caroline, No" transmite la sensación de una pérdida irreversible, de un amor o de la vida misma, mientras que “I Just Wasn’t Made for These Times” contiene una de las confesiones más devastadoras en el catalogo de The Beach Boys, recalcando entre armonías vocales: "sometimes i feel very sad". Al igual, existe cierta ambigüedad en el significado de sus canciones, por ejemplo "You Still Believe In Me" o "I Know There's an Answer". También contiene resultados de una composición etérea, flotante y cinematográfica, como en "Let’s Go Away for Awhile”, nacida del impulso de crear una pieza imposible de tararear. En muchos casos hay síntomas de amor, desamor, alienación y trascendencia.
Es por eso que hoy, en su celebración, recordamos que la música no olvida, y algunos discos tampoco permiten el olvido, porque Pet Sounds pertenece a esa pequeña anomalía de obras que modifican para siempre la emotividad de quienes lo escuchan atentamente.
Isaac Páez
Soy músico e ilustrador, pero sobre todo escritor empedernido. Me desempeño como periodista musical y colaborador en proyectos independientes, labor que comparto desde hace más de seis años, mientras doy vida a otras páginas bajo distintos seudónimos.
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