Miradas al cosmos y dedos a las cuerdas: Fifth Dimension
The Byrds y la expansión del folk-rock
Cuando los pequeños destellos de la música psicodélica comenzaban a insinuarse en el mundo durante 1965, había agrupaciones que ya mostraban un interés por querer expandirla con una fuerza inusitada. Era cuestión de tiempo para que al año siguiente se vieran reconfiguradas las normas por aquellos que ya ocupaban un lugar privilegiado dentro de las masas y el conocimiento popular. En consecuencia, el panorama de los primeros meses de 1966 ya respiraba nuevas fronteras de composición que iban de la mano con estructuras atípicas, rechazando la forma tradicional del rock, timbres hasta entonces impensables dentro del canon occidental y temáticas liricas que recurrían a la filosofía y el pensamiento contemporáneo. Los Byrds no permanecieron ajenos en aquella transformación.
Venían de haber publicado dos álbumes con influencias adquiridas de referentes como Bob Dylan y The Beatles. Para Fifth Dimension, los pájaros ya habían volado hacia nuevos horizontes, habiendo anidado una sólida reputación en el país brítanico y recibiendo también un beneficio por el intercambio musical norteamericano-inglés. La publicación del tercer material fue puesta en circulación el 18 de julio, con un claro distanciamiento hacia sus composiciones mas tempranas y de las interpretaciones del cancionero de Dylan con las que habían alcanzado notoriedad. Este trabajo apareció, además, en un momento de incertidumbre, puesto que Gene Clark, el compositor más prolífico del conjunto, acababa de abandonarlos. A su vez, el estilo que ellos mismos habían contribuido a popularizar comenzaba a mostrar signos de desgaste, pero lejos de aferrarse a las ganancias comerciales, los miembros restantes: Roger McGuinn, David Crosby, Chris Hillman y Michael Clarke dirigieron su mirada hacia la expansión de la conciencia, la ciencia ficción y la experiencia humana.
Pero para entender porque Fifth Dimension llego a ser lo que es, primero se tiene que hacer mención del ambiente en el que se desenvolvían sus integrantes. La inspiración y el desarrollo que llevo a los Byrds a crear aquel opus gozó de pensamientos intelectuales, muchos de ellos llevados entre palabras intercambiadas por Roger McGuinn y David Crosby con sus contemporáneos arribados en Los Ángeles. Era fácil encontrarse a Peter Fonda, Joni Mitchell, Frank Zappa o Buffalo Springfield rondando entre los círculos contraculturales de Laurel Canyon, precisamente en las reuniones casuales que dejaban los conciertos. También se les podía llegar a ver a los dos compartiendo gustos junto al líder de los Beach Boys, Brian Wilson o al mismo Van Dyke Parks, donde este último llegaría a dejar sus manos grabadas en el órgano de la pieza que da título al disco.
Indudablemente, en aquellos encuentros fortuitos nacieron intereses compartidos por la espiritualidad, el esoterismo, la música india y las vanguardias que comenzaban a explorarse con mayor libertad. McGuinn empezó a sentirse atraído por la astronomía y la teoría de la relatividad; Crosby, en cambio, encontró en el free jazz un lenguaje fascinante gracias a la libertad de sus estructuras. Aquellas direcciones terminaron por integrarse al estilo que ambos venían compartiendo desde sus raíces. Es por ello que Fifth Dimension puede entenderse como un disco que utiliza el folk-rock únicamente como punto de partida para deformarlo y conducirlo hacia melodías suspendidas, impulsadas por las nuevas curiosidades de sus propios integrantes.
Por eso no resulta casual que "5D (Fifth Dimension)" inaugure el recorrido del álbum. La pieza propone un ejercicio de contemplación, y en lugar de describir las experiencias lisérgicas desde el vértigo, intenta encontrar una explicación metafísica para aquello que ocurre más allá de los sentidos. Ese mismo espíritu alcanza su mayor expresión en "Eight Miles High", una de las composiciones emblema de esa década. En ella parecen trasladarse los soplos de John Coltrane a la guitarra de Roger McGuinn, que abandona su papel meramente ornamental, así como la profunda influencia de Ravi Shankar, cuya reminiscencia impregna buena parte de su duración. No resulta exagerado afirmar que el folk-rock de inclinación psicodélica halló en esta pieza una de sus primeras manifestaciones más acabadas.
Aun con ello, el disco nunca pretende convertirse en un manifiesto exclusivamente psicodélico. En él conviven canciones tradicionales con limpias prácticas vocales y bellos arreglos como "Wild Mountain Thyme", ejercicios de country proyectados hacia la ciencia ficción en "Mr. Spaceman" e improvisaciones nacidas de la convivencia en el estudio, como deja entrever "Captain Soul". Esa diversidad, lejos de fragmentarlo, termina por darle un lenguaje propio y manteniendo esa curiosa conversación entre la herencia folk y las posibilidades que comenzaban a anunciar el futuro de la grabación.
Sin embargo, el disco suele ser menos recordado que Pet Sounds o Revolver, incluso al haberse lanzado antes que este último, pero eso no es impedimento, pues su influencia atraviesa silenciosamente a muchas de las grandes obras que vendrían después en la mitad de ese año. Cabe detenerse un poco para explorar este lanzamiento y valorarlo adecuadamente, ya que en él se desarrollan ideas, atmósferas y preguntas que muy pronto se convertirían en parte del vocabulario habitual del rock. Su mayor fortaleza como arte reside precisamente en despertar una curiosidad permanente e invitar al oyente a contemplar el mundo desde una perspectiva distinta.
Ese mundo también puede encontrarse en el interior y no únicamente en la rebeldía dirigida hacia el exterior. Los Byrds comprendieron que las vanguardias también podían comenzar desde adentro, ya sea canalizado desde unas armonías vocales suaves o en el eco cristalino de una guitarra de doce cuerdas. Después de todo, si la experiencia humana ha sido capaz de preguntarse sobre la cuarta dimensión, ¿por qué no habría de preguntarse si puede existir una más?
Isaac Páez
Soy músico e ilustrador, pero sobre todo escritor empedernido. Me desempeño como periodista musical y colaborador en proyectos independientes, labor que comparto desde hace más de seis años, mientras doy vida a otras páginas bajo distintos seudónimos.
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