Spirit They're Gone, Spirit They've Vanished
Avey Tare and Panda Bear
Muchas obras musicales nacieron inspirándose en el paso de la adolescencia hacia la adultez. Algunas de ellas fueron retratadas con orquestaciones suntuosas y armonías vocales angelicales, otras, con procedimientos electrónicos y acústicos que reaccionan con impotencia ante el peso de esos cambios inevitables. En este último extremo es donde se sitúa el primer trabajo de David Portner (Avey Tare) y Noah Lennox (Panda Bear), futuros músicos que darían forma a Animal Collective.
Spirit They're Gone, Spirit They've Vanished es recordado como un debut aislado en la creciente vanguardia del nuevo milenio. Fue creado en una colisión de frágiles cuerdas acústicas con ferocidades indómitas, propiciadas por la experimentación de su producción. La forma en cómo está ordenado terminó por asimilar un vasto enredo de microsonidos e invenciones caseras, y con su llamativa aleación, mostró escenarios lisérgicos y fantásticos, que muchas veces llega a ser bello, pero también inquietante por momentos. Funciona en sí, como un compendio de memorias nostálgicas cubiertas por una manta de estética lo-fi.
En su recorrido podemos encontrar puntos altos. Desde la inicial “Spirit They've Vanished”, con sus frecuencias que bombardean oídos sutilmente, para luego dar paso a la irrupción de ruido puro en “April and the Phantom” la cual termina por transformarse en un pop psicodélico de visiones y cuentos infantiles ausentes. Esta última, con su icónico estribillo: “She ran out in nature” se convierte en algo imposible de olvidar. Algunas más son “Penny Dreadfuls” que implanta una balada elegíaca impulsada por emociones lúgubres, junto a la excelsa y singular “Chocolate Girl”, un caleidoscopio melódico de mutaciones rítmicas capaz de competir incluso con las futuras composiciones icónicas del conjunto. Tenemos también a “La Rapet” que con sus descensos entre párpados y fiebre rememoran a los ejercicios vocales encontrados en Smiley Smile de The Beach Boys. Y en “Bat You’ll Fly” encontramos miradas pastorales psicodélicas deconstruidas entre bucles de cinta y atmósferas que despiertan el vuelo nocturno de su título.
Hay creatividad y eso es demostrable por donde se le escuche, en especial, con la odisea que se encuentra en “Alvin Row”, que con sus doce minutos esquematiza la integridad y el objetivo del elepé en una suite de piano, percusiones, texturas electronicas e influencias de jazz espléndidas que encapsulan el fin definitivo de la infancia y la adolescencia.
Si bien el primer acercamiento a estas frecuencias altas puede parecer desconcertante, lo cierto es que su retorno paciente resulta revelador y lo convierte en uno de esos cuentos de cabecera inolvidables. Y a nuestra distancia del presente, este disco se añade a la lista de dolorosos recordatorios de que el paraíso de la juventud se convertirá, para todos nosotros, en un territorio inaccesible e irrecuperable.
Isaac Páez
Soy músico e ilustrador, pero sobre todo escritor empedernido. Me desempeño como periodista musical y colaborador en proyectos independientes, labor que comparto desde hace más de seis años, mientras doy vida a otras páginas bajo distintos seudónimos.
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